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DESCUBIERTO EL ENTERRAMIENTO MÁS ANTIGUO DE NUESTRA ESPECIE EN ÁFRICA

Publicado 05/05/2021

Ilustración de F. Fueyo. Fuente CENIEHIlustración de F. Fueyo. Fuente CENIEHCientíficos del CENIEH y de otras instituciones internacionales, excavan y publican el yacimiento funerario más antiguo de África atribuido a los humanos anatómicamente modernos. Panga Ya Saidi, en Tanzania,  se convierte en el foco de la evolución humana al ser portada de NATURE

Vivimos días en los que reina el pavor. El olor de la muerte llega desde India. Las piras funerarias lo oscurecen todo impregnando el aire de corrupción.  Hasta se ha acabado la madera de tantos muertos que se han quemado. Haría falta un Valdés Leal para mostrar tanto horror, un Caravaggio  para poner rostro a este desmadre de las Parcas; a este aire que se va, a esas botellas de oxígeno que nunca llegarán. Y en mitad de tanta desesperación, de tanto dolor humano, de tanta impotencia ante esta peste bautizada como COVID 19, que siega vidas y vacía los lagrimales, en medio de esta carrera para que la muerte provoque menos muertes, nos encontramos con esta noticia conmovedora. 

Su importancia científica es innegable, ya que se trata - ni más ni menos -  del primer enterramiento de nuestra especie documentado en África. Kenia,  protagonista como tantas otras veces, acoge el yacimiento de Panga Ya Saidi, fechado hace 78 mil años. La posición del finado, asegura que se trata de un enterramiento voluntario, incluso ceremonial. 

Imagino los largos pasillos del CENIEH en Burgos, con sus fluorescentes, con ese ambiente de "Octavo Pasajero" que te invade mientras se abre una de sus puertas con cerradura codificada. Imagino el momento en que un paquete de sedimentos completo avanzaba por esos pasillos y se depositaba sobre una mesa de acero, junto a cualquiera de los microscopios o los escáneres del centro. Imagino las miradas escrutadoras, las mentes inductivas y las deductivas, observando el bloque; pensando que estrategia seguir, protegiendo cualquier micra de información de esa tumba que había volado miles de kilómetros desde el Oriente africano hasta la Meseta Norte española. Imagino los desvelos, los miedos, veo la decisión en los ojos - que percibo cercanos - de sus científicos. 

Este abracadabra formal, mensurable, revisable, compartido, demostrable y reproducible - por ser método científico y no valoración - iba avanzando y la tumba de Panga Ya Saidi iba desvelando su secreto. Y claro, cómo no pensar en aquellos humanos lejanos que depositaron el cuerpo de un niño, de un pequeño de unos tres años, en el fondo de una cavidad, envuelto en un sudario, con una almohada. Lo colocaron para dormir, con el mayor cuidado. Y ahora, ochenta mil años después, está en otro continente, mostrando su última morada dentro de un bloque de sedimento que se va deshaciendo como se deshojan las margaritas; mostrando un mensaje a la posteridad y un recuerdo emocionado de aquellos que le prometieron no olvidarlo y quién sabe si reencontrarse en otra vida o en la misma muerte. 

El amor de las personas por otras personas desdibuja las fronteras de la vida y la muerte. La promesa de no olvidar a aquellos que amamos nos humaniza. La muerte, como hito, da sentido a la vida como camino. 

Estoy seguro de que a María Martinón y a su equipo no les ha temblado el pulso para hacer todo lo que han tenido que hacer. Pero también estoy seguro de que más de una noche se habrán quedado dormidos con un nudo en el estómago, pensando en aquel remoto lugar de África Oriental en el que un día, tan bueno o malo como otro cualquiera, un grupo humano depositó el cuerpo inanimado de un niño como si estuviera durmiendo, como si esperara un sueño de juegos con gacelas y cebras. 

 

Manuel Navarro

 

Nota del CENIEH

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