La versión de su navegador no está debidamente actualizada. Le recomendamos actualizarla a la versión más reciente.

Llévalo a las redes

Vlog: crónica visual de los rodajes

Manuel Pimentel charla con Miriam Seco en la excavación del Templo de Millones de Años de Tutmosis III

 


DOMI DEL POSTIGO SERÁ LA VOZ DE ARQUEOMANÍA

El comunicador nacido en Málaga ha desempeñado numerosos cargos en diferentes cadenas nacionales y andaluzas de radio y televisión. A su brillante trayectoria, suma ahora su colaboración con Arqueomanía de TVE. 

DOMI DEL POSTIGODOMI DEL POSTIGO

FOTOS DE LA TEMPORADA 2017

EL VLOG DEL DOCUMENTAL METAMORFOSIS - ADRIANO

EL TEMPLO DE MILLONES DE AÑOS DEL GRAN FARAÓN TUTMOSIS III

DEIR EL BAHARI. FOTO KURRODEIR EL BAHARI. FOTO KURRO

A veces, la vida nos sonríe y nos regala el poder estar en el lugar adecuado, en la ciudad soñada. Por vez primera, Arqueomanía viaja fuera de España, para conocer, mejor, el enorme potencial de la arqueología española y el de sus arqueólogos, considerados a primer nivel internacional. En Luxor, capital de la egiptología, sede los grandes templos de Karnak y de Luxor, vamos a grabar el importante yacimiento del Templo de millones de años del gran faraón Tutmosis III, un proyecto hispano-egipcio, dirigido por la egiptóloga española Miriam Seco. Para cualquier aficionado a la historia, visitar Egipto supone sumergirse en el origen de la arqueología y sobrevolar sus cimas más elevadas. Llegar a excavar en Luxor, en sus templos o en el Valle de los Reyes, en el que los grandes faraones se encuentran enterrados, es un sueño difícilmente alcanzable. Miriam, gracias a su talento, amor por la egiptología y tesón, lo ha conseguido, lo que supone tanto para ella como para la arqueología española el orgullo de figurar en el olimpo de la arqueología internacional, que, desde el siglo XIX, alzó su morada en las orillas del Nilo.

Llegamos a Luxor tarde en la noche y el propio taxista ya nos advierte de la drástica reducción de turistas debido a los ocasionales atentados y a la propia inestabilidad del país. Como Egipto hace ya muchos años que no vive de su agricultura, sino de su turismo, esta caída le somete a una fuerte presión económica, que notamos tanto por la bajada de los precios debido a la fuerte devaluación de la libra egipcia, como por la insistencia de taxistas y cocheros por prestarnos sus servicios. El abandono y suciedad de calles y dependencias exhala un aire de decadencia que no había percibido en algún otro viaje, anterior y particular.

Luxor es uno de los centros mundiales de la arqueología, la antigua Tebas, y ciudad de los templos y de las tumbas de los grandes faraones, cuyas vidas prodigiosas han llegado hasta nuestros días gracias a la escritura jeroglífica. Como es bien sabido, la orilla oriental del Nilo era la orilla de los vivos, mientras que la occidental, la de la puesta de sol, lo era la de los muertos. En esta orilla, en el Valle de los Reyes, los grandes faraones fueron enterrados en tumbas riquísimas, ocultas bajo tierra para evitar los expolios que durante muchos siglos padecieron. Tan bien se ocultaron que, sorprendentemente, algunas han logrado llegar intactas hasta nuestros días, por lo que la egiptología aún nos depara grandes sorpresas de cara al futuro. Entre la montaña que alberga el valle y la tierra fértil que rodea al Nilo, se encuentran unas colinas que fueron utilizadas como necrópolis por altos funcionarios o por el pueblo, según los tiempos y las circunstancias. Pero también, en este terreno intermedio, se levantaron los grandes templos de millones de años de los principales faraones del Nuevo Reino. La bellísima y sugerente expresión de millones de años se corresponde con la antigua idea egipcia de eternidad, que se expresaba en la cifra del millón; matemáticas y poesía en sugerente comunión. Afortunadamente, los egiptólogos la mantuvieron en su versión original. Cada faraón que se preciara, pues, tenía su sepultura en el Valle y su templo de millones de años en las colinas que le precedían, sobre el Nilo benefactor.

Dormimos en los pabellones del clásico Winter Palace, que, entre otras figuras, albergó a Howard Carter, el famoso descubridor de la fabulosa tumba de Tutankamón, o Agatha Christie, que escribió en sus salones y terrazas su novela Muerte en el Nilo. Enclavado junto al templo de Luxor, en las mismas orillas del Nilo, y a apenas unos metros del embarcadero de falúas y embarcaciones con las que cruzamos el río. Impresiona comprobar la corriente y el enorme caudal que desde los remotos lagos y montañas del África central atraviesa sabanas y desiertos para hacer posible el milagro de Egipto. El Nilo bíblico, proverbial, que transforma sus orillas en un oasis feraz, en una línea verde que, a lo largo de miles de kilómetros, traza una línea verde sobre el gris refulgente del más atroz de los desiertos, el Sáhara. En las orillas, entre juncos, cañas y papiros, pastorean, somnolientos, burros, bueyes y ovejas, mientras que patos y garcillas, indiferentes a nuestro paso, se afanan en su pesca y cortejos. En la otra orilla, la de los vivos, los grandes cruceros atracan ante los templos y el museo, melancólicos en su soledad por el gentío de turistas que se fue para no volver… por ahora, claro está, porque el encanto del lugar los atraerá de nuevo en masa en cuanto el recuerdo del último atentado se diluya en el olvido.

 

Para grabar tuvimos que sacar los correspondientes, y onerosos, permisos de grabación, lo que nos lleva varias horas de lentos trámites burocráticos en las oficinas del Inspector de Antigüedades de Qurna. Mereció la pena, en todo caso, el esfuerzo y el desembolso. Tras culminar las gestiones, por fin, nos podemos dirigir hacia el templo de Tutmosis, donde nos aguarda su directora, Miriam Seco, la doctora Mariam, como es nombrada con respeto por todos los habitantes del lugar. A nuestra izquierda, las estribaciones de la montaña, con los huecos abiertos de las tumbas e hipogeos ya excavados. En la parte baja, atravesados por la carretera que recorremos, los Templos de Millones de Años de los grandes Faraones. Impresiona el de Ramsés II, no sólo por su importancia histórica, sino por sus altas columnas y su pilono en piedra en excelente estado de conservación. Los anteriores faraones lo erigieron con bloques de adobe revocados en cal, lo que los hizo diluirse por el tiempo y por el impacto de las escasas lluvias que ocasionalmente riegan la región.

Cuando llegamos al yacimiento, entre las colinas Asassif y Khokha, se entiende ante nosotros una estampa de arqueología clásica, en el que alrededor de ciento cincuenta personas trabajan de manera coordinada en diferentes faenas y tajos. Allí, un grupo de obreros preparan los ladrillos de adobe, de barro y paja, que dejarán secar al sol y que servirán para el recrecimiento y consolidación de los muros del templo. Aquí, un grupo de canteros talla los bloques de piedra caliza para dar la forma de sillares o de losas que se precisarán para la reconstrucción de paredes y suelos en las zonas nobles del santuario. Diversas cuadrillas se afanan en las cuadrículas en las que se trabaja. Algunas en zonas del templo y otras en las necrópolis de diversas épocas que se entreveran en galerías, pozos y cimentaciones. El movimiento de operarios con carretillas de mano, algún que otro burro con carro, aparentemente inconexo, funciona, en verdad, de manera perfectamente sincronizada por un meticuloso plan de trabajo, en cuyo vértice se encuentra la doctora Mariam, al nombre egipcio. No habíamos grabado jamás un yacimiento en el que trabajaran simultáneamente tantas personas y que trabajara sobre una extensión tan extensa. Y es que el adjetivo faraónico sobrevuela sobre estas tumbas y templos.

Recorremos el yacimiento mientras que su directora nos explica los espacios, las estructuras, su función y los principales hallazgos. Nos llama la atención los ocho grandes alcorques circulares, distribuidos de manera simétrica en las dos mitades del gran patio-jardín por el que se accedía, tras atravesar los dos primeros pilonos, a la rampa que conducía a la terraza del templo. Estos alcorques, con una profundidad excavada de unos nueve metros, llegaban hasta el nivel freático, lo que permitiría a las raíces de las grandes Perseas – árbol sagrado para los egipcios – acceder al agua que precisaba para su crecimiento. Sobre la esquina norte, antes de que nos pormenorice las características del templo, preguntamos a Mariam quien fue Tutmosis III, titular de un templo de tal envergadura y preeminencia.

EXCAVACIÓN DE MIRIAM SECO EN LUXOR. FOTO KURROEXCAVACIÓN DE MIRIAM SECO EN LUXOR. FOTO KURRO

Tutmosis III, sexto faraón de la dinastía XVIII, en el conocido como Imperio Nuevo, reinó entre los años 1479 a.C. hasta 1429 a.C. Faraón poderoso y militar, logró alcanzar la máxima extensión del imperio egipcio, desde la Nubia hasta el Éufrates. Hijo de Tutmosis II y de una concubina, tuvo que soportar una prolongada regencia de la Gran Esposa Real Hatshepsut, hija de faraones, y mujer poderosa, que llegaría a reinar veinte años. Su biografía bien merece una novela, no en vano se prodigó en el culto a la diosa-leona. Su templo, que se alza sobre el de Tutmosis III, es soberbio y visita obligada para quien se dirige al Valle de los Reyes. Y aunque la reina fue sometida a la damnatio memoriae, a la condena del olvido, tanto refulgió en vida que sus destellos alcanzaron nuestros días. Tutmosis III no habría podido alcanzar tanta gloria sin el imperio que previamente le preparó su tía-madrasta la gran Hatshepsut.

El gran faraón se hizo construir un templo en la medida de su poder, una estructura en terraza con unas dimensiones colosales. Con dos grandes pilones de acceso – en adobe revocado en cal –, protegidos por las esculturas osiriacas, una gran calzada central enlosada conducía a través de la enormidad escénica de patios y rampas hasta la terraza en la que se alzaba el gran santuario, con su peristilo, salas hipóstilas y santuario. Sobrecoge la sola rememoración de la magnitud, solemnidad y trascendencia del gran templo, cuyos volúmenes parecen marcados a nuestros pies, y perfectamente delimitados por sus grandes muros perimetrales. Aunque la ubicación del templo era conocida desde finales del XIX, y se habían realizado en el yacimiento algunas excavaciones esporádicas y puntuales, no fue hasta el inicio del proyecto hispano-egipcio, con Mariam Seco al frente en 2008, cuando se comenzó a estudiar y excavar de manera sistemática y científica el gran templo. Ya son diez años de excavación, y se estiman que resten otros tantos para completarlo. La figura de la directora nos admira. Se dirige en inglés a unos, en árabe a la mayoría, en español – matizado por un dulce acento andaluz – a los becarios, doctorandos y técnicos españoles, sin perder la sonrisa franca que la ilumina. Ama a su profesión y se desenvuelve con gran tino y talento en ella. Cuando le preguntamos cómo pudo alcanzar la responsabilidad de la dirección de un yacimiento de esta importancia, sueño de cualquier egiptólogo, nos responde que con mucho trabajo y dedicación. Ya lleva veinte años en Egipto, diez de ellos trabajando en el yacimiento de los Colosos de Memnon, a los que nos referiremos con posterioridad. Habla con orgullo de las diversas misiones y proyectos españoles, que mantienen un gran nivel y que visualizan la excelencia de nuestra ciencia arqueológica.

En el yacimiento se superponen mil años de historia, con necrópolis de distintas dinastías entreveradas en sus ruinas. Algunas presentaban ricos ajuares, de joyas y cuchillos mágicos que se exponen en el museo de Luxor. Somos testigos de la extracción de dos momias de una necrópolis antigua situada junto al muro sur del templo. En otra tumba se encontraron ciento veinte momias de sepulturas profanadas en la antigüedad, lo que nos da una idea de las extraordinaria riqueza e información histórica y arqueológica del yacimiento. Estas momias, algunas en excelente estado de conservación, se conservan en uno de los almacenes construidos al efecto. Su visión, sedentes en estanterías metálicas expresamente montadas para ello, impresiona. Mariam nos narra la emoción que experimentó cuando accedió por vez primera a la tumba que las acogió en sus penumbras durante más de mil años.

Pero el Templo de Millones de Años de Tutmosis III, además de ser un importantísimo centro de culto, también lo era de poder y administración, como lo demuestra el edificio adosado al muro sur y con acceso tanto por el interior como por el exterior del templo. Junto al edificio se encuentran dos viviendas de sacerdotes, aunque las construcciones auxiliares más características se ubican junto al muro norte. Allí encontramos una serie de almacenes rectangulares, rematados por bóvedas tumbadas de adobe. Apreciamos alguna derrumbada sobre el suelo y una certera reconstrucción que nos apuntan cómo serían. Junto a estos almacenes se encuentra la vivienda del gran sacerdote Khonsu – impresiona que en la arqueología egipcia podamos nombrar a los personajes desde la antigüedad remota -, cuyos dinteles ricamente labrados se encuentran en el museo de Luxor.

A pesar del calor que aprieta, nos cuesta marcharnos. Queremos saber más, formular nuevas preguntas, conocer de ritos y arquitecturas. Pero el reloj manda y debemos finalizar la grabación. Abandonamos, fascinados, el yacimiento, en la orilla de los muertos, para cruzar de nuevo el río Nilo y regresar a la ciudad de los vivos, tras dejar atrás a los colosos de Memnón, aquellos que, según la leyenda, cantaron al amanecer al mismísimo emperador Adriano. Y lo hacemos con el orgullo compatriota de comprobar como la arqueología española lidera científicamente alguno de los yacimientos más importantes del mundo. Egipto fue la cuna y, gracias a Miriam Seco, en su corazón nos encontramos hoy, colaborando con la inmortalidad del gran faraón Tutmosis III. Al final, resultó cierto aquello de templo de los millones de años… y Tutmosis aspira a la inmortalidad de nuestro recuerdo gracias a su templo y, sobre todo, al sortilegio científico de la arqueología.

 

Manuel Pimentel Siles.


 

Directiva de cookies

Este sitio utiliza cookies para el almacenamiento de información en su equipo.

¿Lo acepta?