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ARQUEOLOGÍAEN CERDEÑA V. EL OLIMPO BRUMOSO DE MONTE VITTORIA, LA MONTAÑA SAGRADA DE ESTERZILI

Publicado 24/02/2021

Pozo prehistórico de Orxía. Foto Pimentel.Pozo prehistórico de Orxía. Foto Pimentel.El azar permitió que el domingo, último día de rodaje, se nos reservara una visita muy especial. Nos dirigiríamos a la zona montañosa de la isla, situada al noreste de Arborea. Objetivo, el Monte Santa Vittoria, a más de mil metros de altitud, en el término de la localidad de Esterzili, perdida entre montañas según leímos. Nos quedaban más de dos horas de camino, podríamos disfrutar y leer el paisaje, sí, leerlo, porque más información arroja su relieve, su cultivo y su geología que mil folletos turísticos. Lo que ocurre es que hay que entenderlo para poder comulgar en mayor medida con lugares y gentes, porque, desde siempre, la historia bebió de la geografía que la determina. Los lectores de geografías bien sabrán entendernos.

Lo que sí resultaba fácil de leer, por su cantidad, eran los carteles junto a la carretera que indican sitios arqueológicos vinculados a nuragas. Sorprende que hubiera tantas, como ya nos cuestionamos en Barumini. Pero volvimos a realizarnos la pregunta sin respuesta. ¿Cuántas pudieron erigirse a lo largo y ancho de la isla? Pues los investigadores no se ponen de acuerdo, pues muchas están destruidas o enterradas en el campo o bajo pueblos y ciudades. Pero, a pesar de lo mucho todavía por descubrir, los arqueólogos estiman que existirán entre unas 8.000 y unas 12.000 de ellas, quizás más, lo que da una idea de la enormidad de yacimientos existentes, aunque, bien es cierto, que no tuvieron porqué ser todos contemporáneos. Pero tal densidad apunta inequívocamente a dos realidades complementarias. A un control absoluto del territorio, por una parte, y a una alta densidad de población, por otra, que, en plena edad del bronce bien pudieran haber superado con creces los 500.000 habitantes. Quién sabe si con una población tan elevada - o por necesidad o por poder y ambición -, se lanzaron a saquear y guerrear a lo largo y ancho del Mediterráneo. Y si así hubiera sido, bien hubieran podido convertirse en alguno de los feroces pueblos del mar, de los que hablan con pavor los egipcios, que saquearon y destruyeron imperios enteros del mediterráneo oriental, como el caso de los anteriormente todopoderosos hititas o de la civilización micénica. Varios textos egipcios denominan a uno de estos grupos de los pueblos del mar como shirdana, cuya raíz podría indicarnos su procedencia sarda. No está demostrado, desde luego, pero la simple posibilidad es atractiva. Una poderosa, rica y muy poblada civilización del bronce de Cerdeña, constructora de las grandes nuragas y templos megalíticos desde el 4.000 a.C., que, en alianza con otros pueblos atacara sin piedad las costas orientales de Mediterráneo sobre el 1200 a.C., hasta provocar un colapso histórico cuyas evidencias quedarían enterradas tanto en el registro arqueológico, como en la tradición oral – quién sabe si influyó en la propia Iliada – y en diversos textos jeroglíficos de templos egipcios.

            Tras una hora de camino, comenzamos a adentrarnos en el mayor macizo montañoso de la isla. La carretera, hasta entonces con trazados rectos, se enredó en serpenteos caprichosos en su ascensión. Los alcornoques, encinas y quejigos, tan familiares para nosotros, conjuraban un paisaje de monte mediterráneo húmedo. Premonitoriamente, Leonardo me preguntó si había visto algún castaño. Le respondí que todavía no, pero que el monte que nos cobijaba parecía muy propicio para ellos. Las pendientes se elevan y los barrancos se hunden a nuestros pies, mientras que la sierpe de la carretera se desliza por laderas, collados y puertos. Dejamos atrás barrancos, arroyos e incluso un gran pantano. Tras dos horas de camino, llegamos a Esterzili, un pueblo apartado de montaña, suspendido sobre una loma, que en sus días de gloria llegó a tener casi dos mil habitantes, pero que ahora languidece con apenas 600. Y es que la despoblación del mundo rural no es un fenómeno endémico de España, por lo que también podríamos hablar de la Cerdeña vacía o vaciada, que tanto monta, como monta tanto a estos efectos.

El alcalde, Renato Melis nos aguardaba. Amablemente se había ofrecido a mostrarnos los lugares arqueológicos que deseábamos grabar. Abandonamos Esterzili tras el coche del alcalde, y comenzamos a ascender entre brumas y pinos. Renato nos dedicaría toda la mañana de su domingo, señal evidente de su interés por promocionar el patrimonio cultural de su localidad, probablemente la única vía de fijar población y atraer visitantes con su savia vivificadora de consumo y euros. Esterzili está realmente apartada, sólo quién realmente busca turismo de naturaleza o de patrimonio arqueológico se aleja hasta un lugar tan remoto. TEMPLO MICÉNICO DE ORXÍA. FOTO PIMENTELTEMPLO MICÉNICO DE ORXÍA. FOTO PIMENTEL

            A medida que ascendíamos, la niebla se hizo más densa y el aire más frío. Los pinos tomaron el relevo a las encinas y los alcornoques del camino, y brezos y helechos hicieron su aparición, cubriendo cunetas y laderas. El ambiente recuerda mucho más un paisaje celta que el prototípico de una hermosa y luminosa isla mediterránea. Y esa bruma envolvía con su manto mágico y evanescente al primer monumento que visitamos, casi a 1.200 metros de altitud, el templo de Monti´e Nuxi, el Monte de la Noche, enclavado, ahora sí, bajo un amplio castañar. Se trata, claramente, de un templo consagrado al agua, pues el edificio principal, circular, se encuentra junto a un pequeño Templo-Pozo, lleno de agua hasta su mismo borde, en el que se aprecia el arranque de la escalera sumergida. Junto a él, un típico venero alimentado por una pequeña cascada interna, visible entre sus penumbras. En el interior del edificio principal, un banco perimetral apoya en su pared, interrumpido por dos largas losas hincadas en paralelo sobre uno de sus laterales. El agua suena, te rodea, te impregna. Todo es agua en ese lugar mágico. Incluso, al levantar una piedra en forma de tapa sobre el enlosado del edificio principal, también aparece agua abajo. Agua que corre bajo nuestros pies, agua que impregna nuestro rostro con la bendición de una fina lluvia.

El alcalde nos indica que se está excavando el entorno, con curiosos muros de fábrica en espina de pescado, cerrados en una especie de puerta monumental que da salida al torrente de agua nacida del seno del santuario. Nos resulta imposible hoy comprender la naturaleza de los ritos, ni los detalles de las creencias que impulsaron a aquellas gentes de la prehistoria a construir el santuario, pero es fácil deducir que, inequívocamente, se dedicó al agua o a algunas de sus deidades o ninfas acuáticas. La puerta monumental se franquea por dos muros que sostienen una terraza ante el santuario, cuya antigüedad permanece aún indeterminada. Por defecto, se asocia al periodo nurágico, aunque no se descarta que sea más antiguo.

            Nos encontramos en una montaña elevada, que precede a las de mayor altura de la isla. Al norte del yacimiento, se sitúa la espina montañosa más elevada de la isla, que culmina con el pico de La Marmora, de más de mil ochocientos metros de altura, perteneciente al Parque Nacional del Golfo de Orosei - Gennargentu, el de mayor extensión de Cerdeña, con 730 kilómetros cuadrados. La riqueza natural y paisajística de la isla compite con la arqueológica. La caza mayor es muy abundante y el eco de los disparos de rifles reverberaba aquella mañana entre el susurro del viento en los pinos, sonido habitual al encontrarnos en el corazón de lo que parece ser una extensa zona de caza, que precede al Parque Nacional, en la que los jabalíes, ciervos y muflones campean entre antiquísimos santuarios de agua y bosques impenetrables.

            Dejamos el agua para ascender al cielo. Llegamos con nuestros coches hasta la cima del Monte Vittoria – qué tendrá esta advocación para que sea usada con tanta frecuencia para nominar lugares sagrados de la prehistoria sarda- para encontrarnos en sus alturas, envueltos por pinos y frío, con un santuario nurágico peculiar. Un muro de piedra delimita un espacio más o menos elíptico en cuyo centro se advierte la planta en forma de útero del templo principal. La niebla otorga un aspecto fantasmal a un lugar sagrado en la que la mano humana se conjuga con la naturaleza. Un farallón de piedra, a modo de gran retablo trasero, cierra la vista del reciento. Resulta muy interesante la comunión de la naturaleza con la arquitectura en estos templos de la prehistoria, en muchos casos dedicados a elementos naturales como el agua, el cielo, la montaña, las rocas o los bosques.  Las grandes rocas de la naturaleza que, algo modificadas, se convierten en enormes megalitos sin parecerlos. Merece que reseñemos algunas anécdotas constructivas, como las contorsiones del muro para sortear sobre ellas las grandes piedras que emergen del suelo, o las construcciones laterales en forma de nichos o pequeños cobertizos, sin duda alguna manipulados por los pastores a lo largo de los siglos. Continuamos a una altitud de casi 1.200 metros, y el aire frío y húmedo, con aroma a monte y cielo, nos purifica y esclarece.

            Y para terminar nuestra visita, un plato fuerte, la Domus de Orgia, o de Urxía, una prehistórica deidad maléfica adorada en un curiosísimo templo erigido sobre un poblado prenurágico. El templo se levantó en un entorno geográfico de excepción, justo en un collado de montaña, que separa dos picos y dos vertientes hidrográficas, cruce de caminos y punto de encuentro para los pastores trashumantes desde la antigüedad. De hecho, aún perdura entre los ganaderos trashumantes, la costumbre de reunirse allí, habiéndose celebrado una especie de feria de ganado hasta hace recientemente poco.

            La arquitectura del templo difiere por completo de las tradicionales construcciones circulares nurágicas. Para nuestra sorpresa, nos encontramos con un edificio rectangular, muy bien conservado, con un gran atrio que nos acoge con sus brazos invitándonos a entrar a través de sus puertas adinteladas. El interior del templo quedo delimitado dos amplias estancias y la del fondo, el santa sanctórum, además de alguna hornacina en sus paredes, muestra el clásico banco corrido, que lo consagra como lugar de reunión. El templo recuerda a los templos tipo megaron típicos del Egeo, de Anatolia y de la cultura micénica. Algunos autores, incluso, llegan a proponer la directa influencia micénica en el diseño del edificio, lo que nos hablaría de las intensas relaciones comerciales y quién sabe si militares y políticas de los sardos con el Mediterráneo oriental. El templo fue utilizado desde el 1.600 a.C. hasta el 500 d.C. En su interior se han encontrado estatuillas votivas del Bronce y también diverso material romano.

            Tocaba regresar, la lluvia apretaba, como si quisiera dejar claro que aquellas alturas le pertenecían. Nos despedimos agradecidos de Renato. Ojalá la arqueología de sus templos prehistóricos haga revivir a Esterzili, el pueblo que representa. Ya que el presente no le es propicio, quizá el pasado pueda echarle mejor mano. El alcalde regresa por donde habíamos venido, y nosotros partimos en dirección opuesta, ruta más corta hacia Arborea, donde regresamos. Al descender por el sotavento, la niebla desapareció con rapidez, quedando condensada en la vertiente del barlovento, donde queda, brumosa, suspendida y melancólica, la Esterzili que tan bien nos trató.

            La carretera desciende de manera continua. Si volvemos la vista atrás podemos apreciar las elevaciones de el Monte Vittoria, en comunión con las nubes y el cielo. La comparación es inevitable y pensamos si, quien sabe, sería considerado como una especie de Monte Olimpo, morada de los dioses, para los habitantes de la prehistoria sarda. Eso explicaría la inusitada densidad de templos y santuarios en sus alturas.

            Y mientras nuestra charla y mente sobrevuela Olimpos y Parnasos, una enorme bandada de estorninos se convulsiona cuánticamente ante nosotros, en empeñados en proporcionarnos un espectáculo de vuelo sincrónico y acrobático, conformando una nube entrópica, un enjambre de pájaros y trinos recortado sobre el lienzo gris del cielo. Si los dioses del olimpo nurágico hubieran querido despedirse de nosotros, no podrían haber encontrado una oración más hermosa que la del salmo coral recitado por el vuelo prodigioso de aquellos pájaros danzantes.

            Se nos había hecho tarde y debíamos parar a comer algo, aún nos quedaba un buen trecho de coche para llegar al hotel. Paramos junto a un gran árbol situado junto a una capillita dedicada a una virgen policromada. Al abrir las bolsas del supermercado, unos perros pastores blancos se acercaron tímidamente hasta nosotros, desconfiados a pesar de nuestras llamadas. Finalmente, tras agarrar los bollos que les arrojamos, regresaron mansamente junto a las ovejas que custodiaban. Imbuidos todavía por el ambiente sagrado de los templos de la montaña, dejamos el pan sobrante sobre un banco, sin saber si lo hacíamos como premio a los perros pastores o como ofrenda a la virgen/diosa venerada en su hornacina, que estas cosas pasan cuando acabas de bajar, emocionado, del Olimpo de los misteriosos dioses de la prehistoria sarda.

            Celebramos nuestra última cena en el hotel, con la comida por encargo que nos traían. Tras repasar las visitas, reparamos que, a pesar de los muchos kilómetros recorridos por la isla, apenas si había visitado su costa. Sólo el día de nuestra llegada, junto a la mítica ciudad de Nora pudimos apreciar la belleza de su mar. También al regreso de una de nuestras jornadas de rodaje, aparcamos junto a una playa para poder caminar un poco sobre su arena, escuchar el canto milenario de las olas e imaginar navíos de héroes que partían en busca de gloria y riquezas hacia las costas lejanas del levante, allá donde termina el mar que nos baña.

            Cerdeña, todo un continente, resulta inabarcable en pocos días o semanas de viaje. Pero tocaba regresar a la España siempre hermosa y atormentada. AL despegar desde Cagliaria, rumbo a Roma, sobrevolamos salinas y estuarios y los flamencos – muy abundantes – nos despidieron con el adiós rosa de su plumaje.

Cerdeña, paisaje; Cerdeña, Arqueología; Cerdeña, gentes; Cerdeña, naturaleza; en nuestra memoria y en nuestro corazón quedas. Esperemos hacerte justicia con el documental que te dedicaremos. En ello volcaremos nuestro recuerdo y agradecimiento.

 

Manuel Pimentel Siles

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