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TRAS LOS RESTOS DE ARNAU DE TORROJA, EL GRAN MAESTRE TEMPLARIO

Publicado 07/01/2019

RODAJE EN SAN FERMO, VERONA, ITALIARODAJE EN SAN FERMO, VERONA, ITALIA

Los templarios nos fascinan desde hace casi mil años, cuando las llamas achicharraron al pobre de Jaques de Moley, su último Gran Maestre. Desde entonces, los ojos de la humanidad no pudieron ya apartarse del misterio que evocan los caballeros del Temple y de la fascinación que su sombra produce. 

Y si esta atracción morbosa fue cierta en el pasado, aún lo es más en el presente, como lo demuestran los miles de libros, documentales y bulos que rodean la historia de los caballeros templarios y el enigma de su desaparición. Entre sus tesoros escondidos figurarían, ni más ni menos, que el Santo Grial o la mismísima mesa del rey Salomón. Porque nombrar al Temple es mentar al misterio. Acercarnos a su historia es alumbrar una historia sorprendente de cruzados, castillos, finanzas, poder y religión, un cóctel demasiado explosivo como para haber resultado perdurable en el tiempo. Pero, ¿por qué esta rejuvenecida fascinación de la sociedad digital del XXI por aquellos enigmáticos caballeros, mitad monjes, mitad guerreros?

Nosotros, también atraídos por el ensalmo templario, decidimos conocer a fondo una investigación arqueológica sobre un enterramiento templario que nos llamó poderosamente la atención. Se trataba de arqueología, pero parecía literatura fantástica: en Verona, Italia, acababa de descubrirse un sepulcro que podría corresponder a un Gran Maestre templario, español, además, para más inri. Se trataría del primer enterramiento conocido de un dignatario templario. Pero no adelantemos acontecimiento y conozcamos algo de los fascinantes caballeros del Temple, antes de sumergirnos en las profundidades de la investigación arqueológica.

El propio nombre del Temple evoca la profundidad de su enigma. La orden ya nominó a Salón en su propio título: Pauperes Conmiliotones Christi Templique Salomonici, la Orden de los Pobres Compañeros de Cristo y del Templo de Salomón. Y es que la historia templaria siempre fascina, nunca defrauda, asociados necesariamente a objetos religiosos, sagrados, mágicos o esotéricos. No en vano aparecen vinculados, por ejemplo, al famosísimo Santo Grial, que, en su azaroso peregrinar, habría finalizado oculto en algún lugar desconocido de España.

La orden militar del Temple fundada en 1118 por nueve caballeros franceses con el objetivo de proteger a los cristianos que peregrinaban hasta Jerusalén. La orden se extendió con rapidez, aprovechando el ímpetu de las cruzadas, y adquirió una sorprendente riqueza y poder. Castillos, fortalezas, puertos, flotas, ejércitos, tesoros sin fin, extendieron un manto de misterio sobre la Orden que, tras la definitiva caída de Tierra Santa y el fracaso de la última cruzada, pareció – según las voces contrarias – haber perdido el sentido de su existencia.  

            Su propio éxito, su riqueza y su poder fueron, como en tantas otras ocasiones, la causa de su perdición. El rey francés Felipe IV, fuertemente endeudado con la Orden a cuenta de la enorme cuantía que se hubo de pagar para el rescate de su padre Luis IX tras el fiasco de la séptima y última Cruzada, presionó insistentemente al Papa Clemente V para que condenara y disolviera la Orden. Finalmente, el Papa cedió y en 1307 fueron detenidos, torturados y quemados cientos de templarios, acusados de idolatría, homosexualidad, sodomía y de adoración a Baphomet, numen en forma de macho cabrío. La simple lectura de la relación de cargos, repletos de detalles de idolatría, de extraños ritos, de pisotear y escupir sobre la cruz, hace los gozos de cualquier aficionado a los aquelarres esotéricos.

            El 18 de marzo de 1314, Jacques de Molay, el último gran maestre de la Orden, moriría quemado ante la catedral de Notre Dame en París. Le acompañó en su tormento el caballero templario Godofredo de Charnay, que tampoco aceptó su culpa. Con ellos moría definitivamente la Orden para dar nacimiento al mito, probablemente el más importante de toda la Edad Media. Y, por si fuera poco, la leyenda templaria no ha hecho sino incrementarse desde entonces hasta nuestros días. La Orden, que duró casi doscientos años, consiguió la eternidad para nuestro recuerdo. Para siempre estará con nosotros, abonando nuestra fantasía, pero, también, tentando a la historia y a la arqueología con sus muchas zonas oscuras aún por iluminar.

            La historia templaria daría para miles de páginas de sumo interés. Pero en estas breves líneas sólo queríamos contar los avatares de una investigación arqueológica de la que tuvimos noticia por la prensa y sobre la que decidimos profundizar para poder así divulgarla. Y es que el asunto, no podía resultar más atractivo. En la iglesia de San Fermo, en Verona, Italia, acababa de aparecer un sepulcro medieval que bien pudiera corresponder a un Gran Maestre, español, además, lo que redoblaba nuestro interés por el asunto. Se trataría de Arnau de Torroja, Gran Maestre entre 1180 y 1184, personaje de gran importancia y reputación en la Orden.

El descubrimiento era relevante porque, hasta la fecha, no se había localizado la sepultura de ningún Gran Maestre templario. En caso de confirmarse la posibilidad veronesa, estaríamos ante un hallazgo singular y único, el primer enterramiento descubierto de un líder templario. Los sepulcros templarios eran muy sobrios y someros, sin monumentos, esculturas ni aparato ornamental alguno. Por eso, es posible que, en algún caso, hubiera pasado desapercibido el sepulcro de un principal. Pero en Verona, al parecer, todo apuntaba a que, por fin, se había localizado la sepultura más codiciada. Y le tocaría a la arqueología desvelar el misterio.

Conozcamos, antes de narrar la investigación arqueológica, algo acerca de nuestro protagonista, Arnau de Torroja. Arnau nació en Solsona, en la actual provincia de Lérida, en el año 1122. Tras ingresar en la Orden y participar activamente en las guerras contra los musulmanes, fue nombrado Maestre de las provincias de Aragón y Provenza, lo que supuso su primer puesto de alta responsabilidad en la Orden. En ella adquirió la experiencia necesaria y el prestigio imprescindible para dar el salto definitivo hasta la máxima responsabilidad entre los templarios, la de Gran Maestre, en 1180, a la veterana edad de 58 años. Su mandato fue muy complejo, envuelto en la rivalidad con la orden de los Hospitalarios, que lograría encauzar tras la mediación del papa Lucio III. Pero donde de verdad hubo de emplearse a fondo fue en Tierra Santa, donde logró pactar con el gran Saladino una salida digna al entuerto protagonizado por Reinaldo de Chatillon en los territorios musulmanes de la Transjordania. A su regreso a Europa, falleció en Verona, donde sería sepultado en un lugar que hasta ahora desconocido y que, finalmente, el nuevo hallazgo bien podría por fin desvelar.

Sus aventuras en Tierra Santa y su hábil negociación con el gran Saladino le proporcionaron la gloria del recuerdo. Su memoria es muy destacada entre los grandes maestros de la Orden y es el único con nombre propio – además del famosísimo Jacques de Molay – que ha sido llevado al cine, como podemos comprobar en la película de 2007 Arn: El Caballero Templario, protagonizado por el actor inglés Steven Waddington.

Pues basta de prolegómenos y vamos a centrarnos en la investigación arqueológica que debería dilucidar sobre el caso. Tras saltar la noticia de que era posible que hubiera sido descubierta la primera sepultura de un Gran Maestre templario, la de Arnau de Torroja, decidimos trasladarnos hasta Verona, la patria chica de Romeo y Julieta, para comprobar el estado de la investigación arqueología. ¿Correspondían los restos encontrados con el auténtico maestre templario? La arqueología tenía la última palabra y la ciencia sería la que emitiera el veredicto definitivo.

Verona es una de esas ciudades de belleza serena que ganan con los años y se subliman con los siglos. Asentada en un meandro del río Adigio concentra un riquísimo patrimonio urbano. Casas, palacios, iglesias, plazas, esculturas, puentes y fuentes se conjugan para transmutarse en una de las ciudades más hermosas de Italia, el país de las ciudades hermosas. Y entre sus muchas iglesias, fue en San Fermo donde apareció el posible sepulcro de Arnau de Torroja.

La arquitectura de la iglesia de San Fermo luce en dos niveles que reflejan su rica y compleja historia. Los benedictinos comenzaron a construirla en el silgo XI bajo estilo románico. Los franciscanos la ocuparían a partir del siglo XIII dejando su impronta de estilo gótico. Estas dos órdenes fueron las que erigieron y decoraron la iglesia de San Fermo, o, al menos, eso era lo que se creía hasta hace bien poco.

Pero, a veces, lo imposible ocurre. Los hermanos de la Asociación de los Templarios Católicos de Italia – asociación heredera de los templarios reconocida por el Vaticano -, solían acudir a la Iglesia de San Fermo para rezar, por considerarla de especial energía. La asociación, al crecer, tomó la iglesia como sede, con el beneplácito de su párroco Maurizio Viviani. Allí se reunían, sin saber todavía, que, en el pasado, fue templaria.  Mucho menos podían figurarse, aún, que pudiera albergar la sepultura de uno de los grandes maestres más importantes de la historia. Pero, poco a poco, la historia se fue desvelando ante ellos. Fueron descubriendo los signos y señales templarios dibujados y esculpidos en las paredes y los techos de San Fermo – Flor de Lis, Flor de la Vida, cruz de Pathé con la espada, colores templarios -. Fue el primer aviso de que San Fermo también había sido una iglesia templaria, lo que, hasta ese momento o no se sabía o bien no se decía.

Sin embargo, la presencia templaria en la floreciente Verona de la Edad Media era conocida por las fuentes. Pero se creía que se limitaba a la titularidad de la pequeña capilla de San Vitale, ubicada al otro lado del río. Pero esta capilla resultó destruida en una gran avenida del Adigio y su pista se perdió en la ciudad. La investigación consiguiente realizada tras los primeros descubrimientos ofreció un inesperado fruto que rompería el velo con el que la damnatio memoriae había ocultado el rastro histórico de la ocupación templaria. Y la historia pudo recomponerse. Tras la destrucción de San Vitale, la Orden se habría trasladado hasta la iglesia de San Fermo, para tomarla como sede desde 1160 hasta 1263. Después, habrían llegado los franciscanos. Es decir que entre benedictinos y franciscos existió una ocupación templaria no conocida hasta el momento. Fuentes documentales estudiadas entonces certificaron que los templarios celebraron al menos un capítulo general en Verona entre 1190 y 1195 y, visto lo visto, muy probablemente habría tenido como sede a San Fermo.

Entrevistamos a don Maurizio Viviani, párroco de San Fermo y director de su Museo Diocesano, que amplió nuestro conocimiento de la iglesia y avaló los avances en la investigación. En la Verona romana murieron martirizados Fermo y Rústico, posteriormente santificados. En el siglo VIII se erigió una ermita sobre el lugar del sacrificio, donde se depositaron la reliquia de los mártires y encima de esa antigua ermita siglos después, se comenzaría a construir San Fermo. Ya sabemos que la historia oficial sólo contemplaba las construcciones benedictinas del XI y la de los franciscanos del XIII, pero el párroco considera verosímil la titularidad templaria intermedia, dado que en la Edad Media se trató de una iglesia principal. La de San Vito era demasiado pequeña y, además, quedó destruida por la gran riada.

Pero hasta ahí – y ya era mucho – habían logrado descubrir los actuales templarios italianos. Pero el azar quiso que una nueva puerta se abriera para desvelar el secreto mejor guardado de San Fermo. Una tarde, Mauro Giorgio Ferretti, Magister Templi, de los Templarios católicos, paseaba por el claustro exterior del templocuando le pareció ver el extremo de una cruz templaria en uno de los sarcófagos semienterrados que se encontraban en la antigua sala capitular situada en un lateral. El corazón le dio un vuelco y enseguida tuvo una premonición. Se trata de la tumba de Arnau, pensó de inmediato, sin ninguna razón cierta para ello. El sarcófago se encontraba situado en una lateral de la capilla capitular, semicubierto por basura y franqueado por otro sarcófago que impedía ver la cruz. Con ayuda de la luz de su móvil, Mario pudo distinguir la cruz templaria. Así comenzó la apasionante investigación de la que quisimos ser testigos. Mauro tuvo la intuición de que Arnau de Torroja era el morador de aquella tumba. ¿Podía ser realidad? Estaba documentalmente probado que Arnau había fallecido en Verona en 1184, pero no se tenía ni la menor idea de dónde resultó enterrado. ¿Se acababa de encontrar la sepultura del Gran Maestre templario Arnau de Torroja? ¿Podrían encontrarse sus restos dentro de esa tumba? Habría que demostrarlo y los templarios católicos, más allá de su intuición, supieron desde el primer momento que le correspondería a la ciencia responder a esas preguntas fundamentales.

            Los arqueólogos tomaron entonces el mando de la operación. Los templarios italianos y el cura habían tomado la decisión adecuada. Podían haber sido ellos mismos, impulsados por la curiosidad, los que hubieran tratado de abrir directamente el sepulcro, pero, afortunadamente, no lo hicieron, lo que evitó la pérdida de valiosa información. Al ponerse en manos de arqueólogos expertos se garantizaba que ninguna pista histórica se ignorara. Bajo la responsabilidad de Giampiero Bagni, arqueólogo de la Nottingham Trent University, el sarcófago fue apartado de la pared a la que se adosaba, tras retirar la tierra y los escombros que lo había protegido del inmisericorde paso del tiempo.

El sepulcro era muy simple, un cajón desnudo en sus paredes algo erosionadas por el paso del tiempo. Los templarios se enterraban de manera muy sencilla, sin pompa ni ornato, austeros en vida, austeros en muerte. Ya sabemos que el templario era pobre, pero la Orden rica. El sepulcro de San Fermo estaba tallado sobre una roca sedimentaria, común en los alrededores de Verona. Nada de piedras nobles o de mármoles de Carrara para las tumbas templarias ni siquiera para las de sus principales. El uso de esa roca barata y de escasa calidad, fue considerado como indicador de enterramiento templario. Roberto Pasqualato dirigió el riguroso trabajo de limpieza con láser y de consolidación por sílice del sepulcro. Datar la sepultura, en sí, no resultaba posible, por lo que la antigüedad del enterramiento tendría que obtenerse a partir de la datación de los restos que contenía.

            El sepulcro presentaba una cruz templaria esculpida a sus pies como único adorno, con dos características diferenciales. Por una parte, la punta de la espada en su base, que indica preeminencia y poder y, por otra – y sin ningún otro precedente conocido – un cuadrado sobre la intersección de la cruz, que viene a simbolizar el mundo. Magister del mundo templario, venía a simbolizar. O sea, símbolo que bien podría corresponder a un maestre general de la Orden. Todo lo exterior apuntaba a que podían estar a las puertas del gran descubrimiento. Pero, ¿qué custodiaba el interior?

Con la cautela obligada se procedió a levantar la cubierta de la sepultura. ¿Qué sentirían los arqueólogos en ese momento? Aún habituados a encontrarse cara a cara con la muerte, experimentarían un nervioso estremecimiento al comprobar que, efectivamente, el sepulcro contenía restos humanos. ¿Serían los de Arnau de Torroja? ¿Habrían sido ellos los elegidos por la fortuna para descubrir el primer enterramiento de un Gran Maestre templario?

            Sería necesario realizar todavía numerosas pruebas científicas para comprobarlo. Primero, la pulcra extracción de los huesos, realizada por arqueólogos y antropólogos. En el interior de la tumbar se encontraron, superpuestos, los restos de tres personas. Arriba, el esqueleto de un joven de principios del siglo XV, que, evidentemente no podía corresponder al del anciano templario de principios del XII. Los restos del nivel intermedio correspondieron a los de una mujer del XIV, también desechados. Quedaban únicamente los huesos encontrados debajo de los anteriores. ¿Podrían ser los que buscaban? La suerte pareció acompañarlos: los restos correspondieron a los de un anciano de más de sesenta años y el resultado de las pruebas del Carbono 14 arrojó una datación compatible con un enterramiento realizado a principios del siglo XII. ¡¡¡Los huesos podrían corresponder a los de Arnau de Torroja!!! Los restos aparecieron envueltos por un sudario muy deteriorado pero que, una vez analizado, se desveló ser de un fino tejido de seda procedente de Medio Oriente, realizado… ¡en el siglo XII! Todo parecía coincidir con la hipótesis de partida. Al fin y al cabo, Arnau llegó a Verona procedente de Tierra Santa, quién sabe si portando en su séquito la tela que le haría fatalmente de sudario.  ¿Se podía, entonces, afirmar ya definitivamente que Arnau de Torroja fue allí enterrado? No, no podían todavía dar por ganada la batalla. Método científico en mano, esa primera datación indicaba que los restos podrían corresponder los de Arnau, pero no que, efectivamente, lo fueran. Hacían falta más pruebas para aseverar la identidad del difunto. Y la prueba reina sería la del contraste con el ADN de un familiar que pudiera verificarse de manera cierta como emparentado con el Gran Maestre.

            Y llegamos a uno de los puntos fuertes de esta historia, la del parentesco. Arnau no tuvo descendientes, pero, en este caso, se tuvo la fortuna de que se conociera la existencia de un hermano de Arnau, también famoso, Guillem de Arnau, que fue arzobispo de Tarragona.

Decidimos visitar Tarragona para conocer in situ el enterramiento de Guillem de Torroja y los trabajos para la extracción de su ADN. La catedral de Tarragona fue construida sobre el gran templo de Augusto en los tiempos de la Tarraco romana. Sobre su altura, la actual catedral se asienta sobre la acrópolis de la gran capital de la Tarraconense, ciudad premiada por el emperador Augusto al haber recobrado en ella la salud perdida. Durante nuestra visita nos atendió, con suma amabilidad y erudición, el canónigo delegado de Patrimonio Antonio P. Martínez Subías que nos guio por los espacios y la historia de la gran catedral.

¿Qué sabemos de Guillem de Torroja? Pues la historia ha sido generosa con su recuerdo. Comenzó su carrera eclesiástica como arcediano de la canónica de Seu de Urgell de 1135. En 1144 fue elegido obispo de Barcelona, responsabilidad que ostentó hasta 1171. Participó en la conquista de Lérida y tuvo una relación estrecha tanto con el conde de Barcelona Ramón Berenguer IV como con el papa Alejandro III. Su brillante carrera se culminaría con su nombramiento como Arzobispo de Tarragona en 1171. Murió en 1174 y fue enterrado – junto a los anteriores arzobispos – en la capilla de Santa Tecla la Antigua, construcción anterior a la actual catedral, que comenzaría a construirse en 1331. En el segundo tercio del XIV sus restos fueron depositados en un sepulcro elevado, en un lateral de la catedral, donde han permanecido hasta nuestros días. Su nombre y su escudo heráldico - oro con torreón de gules – identifican inequívocamente el exterior de la sepultura.

Aunque el cabildo de la catedral, en principio, y por respeto a los allí enterrados, se mostró muy reticente a la apertura de los sepulcros para la manipulación y extracción de la necesaria muestra de huesos, al final decidió colaborar en la investigación para comprobar la posible filiación genética entre los restos ciertos de Tarragona y los posibles de Verona.

 Por tanto, y con toda prevención científica, se procedió a la apertura del sepulcro. Afortunadamente, y gracias a estar colocada en altura, la tumba no había resultado profanada durante la ocupación francesa de la Guerra de la Independencia. Excelente noticia. Los restos exhumados se encontraban envueltos en un sudario en forma de bolsa en la que estaba cosida un retazo de vitela a modo de cartel. Con impecable grafía gótica carolina, de época medieval, se leía que esos huesos eran de Guillem de Torroja, Arzobispo de Tarragona. ¡Teníamos los restos de un hermano de Arnau! Se podía comparar, entonces, el ADN de los huesos de la sepultura templaria de Verona con los que se sabía a ciencia cierta que correspondían con Guillem de Torroja. Si coincidían, se podría confirmar el descubrimiento de la primera tumba de un gran maestre templario.

¿Qué ocurrió finalmente? ¿Cuál fue el resultado final de la investigación? Carlos Lalueza fue el responsable de realizar el contraste genético entre uno y otro ADN. Lalueza es un científico especializado en estudios genéticos de poblaciones del pasado y desarrolla su actividad en el Instituto de Biología Evolutiva de Barcelona. Su gran experiencia es garantía de investigación rigurosa y fidedigna. Los ADN de ambos enterramientos fueron estudiados en Barcelona y el resultado fue… ¿Cuál? ¿Se encontraba, o no, enterrado en Verona el auténtico Arnau de Torroja? Nosotros viajamos hasta Barcelona para entrevistar al científico. ¿Qué nos dijo? ¿A qué conclusiones había llegado con su estudio?

Dejamos la pregunta en el aire. Nosotros ya conocemos su respuesta, pero preferimos, por ahora, como en los buenos best seller, mantener la duda. Porque esta historia continuará, el misterio templario no cesará jamás.

 

Manuel Pimentel Siles

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