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LA GARMA, VIAJE AL CENTRO DE LA TIERRA

Publicado 10/01/2019

CABALLO DE LA CUEVA DE LA GARMACABALLO DE LA CUEVA DE LA GARMA

Hay pocas experiencias más reveladoras de la propia personalidad que enfrentarse al vacío de una gran cueva. Uno se conoce a sí mismo colgado de una cuerda al bajar por una pared o reptando por una gatera. Ante lo primero que te deja una cueva es ante ti mismo, ante tu físico. Al penetrar en la oscuridad los sentidos cambian de intensidad y de función. Aparecen otros – como el equilibrio – a los que no prestamos excesiva atención en los movimientos cotidianos. Comprendes la fuerza de la Gravedad al instante; te ves capaz de contar los latidos que tu corazón da en un minuto. Hay olores en la tierra que nunca antes habías percibido; eres capaz de oír una gota de agua estallando contra una estalagmita. El agua es su fuerza más potente, su mayor agente de cambio. Es el metrónomo, el pulso de la caverna.

En Cantabria, en Ribamontán al Monte, concretamente en la pedanía de Omoño, tuvimos la oportunidad de realizar uno de los rodajes más inolvidables de nuestra vida. La Cueva de la Garma, la inmensa Cueva de la Garma, nos esperaba con sus pruebas. Pareciera que la caverna cobrara personalidad propia y como la Esfinge con sus adivinanzas, te sometiera a una serie de exámenes para poder conocer sus salas.

El primero es atravesar la entrada actual con una maniobra digna de un contorsionista. Muchos son los que no consiguen pasar ese nivel. El segundo descender sus grandes desniveles. El tercero no acercarse demasiado al filo de su cañón interior, allí donde decenas de manos componen un mural que es un grito en el silencio.

 Cuando llevas los brazos hacia atrás, dislocando los hombros y la cabeza por delante mientras desciendes por un espeleotema, debes confiar mucho en la persona que te va a frenar para que no des de bruces en el suelo. Nosotros tuvimos la suerte de que fuera Roberto Ontañón, director de las Cuevas de Cantabria. En aquel viaje al Centro de la Tierra también nos acompañaron Pablo Arias y  Marian Cueto. Sin Marian nunca hubiéramos podido mover el equipo por la cueva.

Al descender a la primera galería, las marcas de garra de los osos cavernarios nos avisan de que estamos en un territorio inhóspito. O al menos debió de serlo para aquellos habitantes del pleistoceno que convirtieron la espelunca en su hogar.

Atravesamos una galería, siempre con mucho cuidado, ya que la Cueva de la Garma está intacta. Se descubrió a mediados de los noventa y siempre ha tenido un régimen restringido de visitas. Sólo los científicos, algunos medios y escasos compromisos protocolarios han perturbado su oscuridad.

Cualquier información que esté depositada en un suelo – un trozo de garra, una esquirla de piedra, un pigmento de ocre – puede resultar muy valiosa. Por eso nuestro avance es muy medido. En ocasiones, para llegar dos metros adelante debemos dar un rodeo para no pisar un suelo intacto o para no rozar una pared viva.

Al final de la primera galería una sala grande contiene las primeras pinturas. Son manchas en forma de sol – soliformes – que por concomitancia estilística con las de El Castillo, son datadas hace unos cuarenta mil años. La noche entera de los tiempos, el Alfa y el Omega detrás y sobre unos espeleotemas gráciles, unas estalagtitas y estalagmitas con la perspectiva de un jardín de piedra. Y nosotros enfrente, en nuestra inmensa pequeñez.

En la misma estancia unos carbones de avellano y unos restos de cuerda nos conducen hasta uno de los enigmas de la Garma: la expedición visigoda. Al parecer, cinco o seis hombres – o sus cadáveres – fueron depositados aquí durante el siglo VI ó VII de nuestra Era. La cosa no tendría más complicación si se conociera una entrada viable, como la antigua boca magdaleniense, situada en el nivel inferior. El problema, es que si aquellos cuerpos siguieron la misma ruta que estábamos siguiendo nosotros, el esfuerzo y el despliegue técnico habrían sido inmensos. ¿Para qué molestarse tanto en bajar unos muertos a esa profundidad? Además, no consta que la entrada actual estuviera operativa en la época de la deposición de estos cadáveres. Claro, que por algún sitio tuvieron que meterlos. ¿A qué mentir? Daban escalofríos estos muertos depositados en el suelo de una sala transformada en milenaria cripta, en pudridero, o en trampa. MANOS DE LA GARMAMANOS DE LA GARMA

Son tantos los años, los acontecimientos que trazar siquiera una línea del relato de La Garma es  algo así como escribir una “Historia Interminable”. La ciencia va dando pistas, ofreciendo piezas aisladas por miles de años, elipsis inconmensurables, epílogos insuficientes. Nuestras ansias superan a nuestros conocimientos en un déficit sin tiempo de saldar.

Tras observar los soliformes descendimos dieciocho metros agarrados a una escalera firme que atraviesa un abismo de oscuridad. Al final de los peldaños Ontañón vuelve a recogernos en una repisa y nos conduce hasta otra galería. El abismo continúa hacia abajo.

Pronto llegamos al Panel del Uro. Pablo Arias responde a nuestras cuestiones delante de los trazos milenarios. Nos cuesta mucho esfuerzo iluminar y sonorizar la escena, apenas hay espacio para colocar los equipos. El Catedrático de la Universidad de Asturias explica la técnica y la cronología. Los que hayáis visto el programa – o queráis verlo en la web “A la carta” de TVE – obtendréis toda la información. Fue el segundo especial sobre Evolución. 

A duras penas avanzamos hasta un espacio singular de la Garma, hasta el lugar dónde está montado el laboratorio en el que diariamente trabaja Marian Cueto. Siempre sin pisar los suelos intactos, bordeando espeleotemas para no contaminar ningún escenario. Tratamos de rodar las cabañas, los restos de animales revueltos en los suelos, las industrias líticas. En cualquier momento un resto humano o una pieza con un animal tallado puede ser recuperado. Todo se geolocaliza, cada pieza ocupa un lugar y la foto fija no debe ser alterada.

Marian sentada sobre una tabla va procesando informaciones. Aquí aparecieron algunas piezas de arte mueble y los restos de león de las cavernas. Era la primera vez que veíamos unas cabañas dentro de una cueva. Son momentos que no se olvidan. Sentimos vivir en un pasaje de Verne.

El trabajo de los científicos en estas condiciones es durísimo: sin apenas luz, a muchos metros de la entrada de la cueva, sin poder comer, beber o ir al baño, con una elevada humedad… Hay vocaciones que conmueven verdaderamente.  

Tras rodar en las zonas de las cabañas seguimos avanzando, dejamos atrás los cadáveres de los visigodos, un paso donde se conserva una huella humana y terminamos llegando al filo mismo de un estremecedor barranco. El río interior suena dentro como si fuera un torrente impetuoso. Al girarnos, vemos el panel de las manos. Silencio.

Volvemos sobre nuestros pasos y tras diversos pasajes de mayor o menor dificultad alcanzamos la entrada – colapsada – de la caverna. La apertura primigenia es un espacio en el que los habitantes u ocupantes de la cueva comieron, pintaron y vivieron. Vemos bastones de mando en el suelo, piezas que quizás no se han movido en doce o catorce mil años. En una pared conseguimos filmar una máscara y un caballo lleno de vida. Hacemos una entrevista – cámara al hombro – sobre una tabla. Son momentos únicos. Comenzamos el regreso. Tenemos un pellizco. Hay que volver a pasar las pruebas para abandonar la gran caverna. Nuestra percepción y nuestra psique dibujan el mapa de este inmenso mundo en nuestros cerebros. No sabemos si volveremos algún día. Los cuerpos están fatigados, las escaleras parecen más largas a la vuelta, los pasos, más estrechos.

Al final, la luz, los verdes del prado cántabro. Al rato estamos contando la experiencia mientras devoramos unos bocadillos. Por la noche, sueños del día que viajamos al centro de la Tierra.

 

Manuel Navarro

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