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ELGAROÉ, EL ÁRBOL SANTO DE LA ISLA DE EL HIERRO

Publicado 18/10/2018

PIMENTEL FOTOGRAFÍA EL GAROÉ. FOTO CARMENPIMENTEL FOTOGRAFÍA EL GAROÉ. FOTO CARMEN

El Hierro es un canto volcánico de la naturaleza, entonado en lava y en turquesas de cielo y mar. Los alisios le regalan la muselina vaporosa que abraza sus cumbres, un auténtico regalo pues sus brumas supusieron desde la antigüedad la única fuente de humedad que dispuso la isla en las épocas secas. Por eso, hablar de la historia de la Isla del Hierro es hablar del Garoé, el árbol santo para los bimbapes o bimbaches, sus primeros pobladores. De hecho, tal es su relevancia que figura en su escudo insular, en forma de árbol que retiene una nube y que se alza sobre un pequeño estanque.

Quisimos conocer el árbol que desde siempre fascinó a escritores y científicos. Y bajo la experta guía del arqueólogo Sixto Sánchez nos dispusimos a visitarlo. El garoé se ubica en el corazón de la isla, a unos mil metros de altura, en la aldea de Tiñor, en San Andrés. Desde la costa ascendemos desde el árido paisaje de las faldas costeras. Dejamos atrás un paisaje de lava y de goran, los antiguos cercados de piedra que se realizaban para proteger a la higuera plantada en su interior. Todo un canto de la economía de subsistencia que mantuvo a la población de la isla hasta los años sesenta del pasado siglo. Arriba, llegan las brumas y la inesperada vegetación. Descubrimos un dornajo – un tronco ahuecado a modo de pilar – que recoge el agua condensada de las nubes bajo unos grandes pinos, un anticipo de lo que nos aguarda con el garoé.

Pero, antes de descubrirlo, conozcamos algo del garoé. Las crónicas hablan de un árbol gigantesco que los aborígenes adoraban porque les proporcionaba agua dulce, un tesoro de incalculable valor en unas latitudes tan áridas. El árbol, centenario, alcanzó unas grandes proporciones, al punto de que eran necesarios varios hombres para abrazar su grueso tronco. En épocas áridas era el único manantial de agua potable de la isla, por lo que sus escasos habitantes sobrevivían gracias al agua que sus hojas condensaban y que recogían en unas pequeñas albercas excavadas a sus pies. En agradecimientos, los bimbapes lo consideraron como su árbol santo.

Una terrible tormenta acontecida en 1610 tumbó el garoé para siempre y ocasionó una gran desolación entre los habitantes de la isla que, aunque ya no necesitaban de sus aguas como los antiguos aborígenes, continuaban reverenciando el prodigio de su memoria y el milagro de su lluvia. El lugar se perdió, sepultado por tierras y piedras, aunque el recuerdo del árbol prodigioso y de su lluvia benéfica quedó en el recuerdo y la tradición de la población herreña, como bien lo muestra el reconocimiento de figurar en su propio escudo heráldico. Por eso, el garoé nunca se fue del todo y, más de tres siglos después del desastre, los habitantes de la isla decidieron hacerlo revivir.

Así, una vez identificado y adecuado el lugar, en 1948, el guarda forestal Zósimo Hernández Martín plantó un joven ejemplar de tilo, hoy ya ejemplar adulto, que es el que podemos descubrir ahora. Es tal la belleza del lugar que, a pesar de ser uno de los sitios más turísticos de una isla no demasiado turística, conserva un halo mágico que nos sobrecoge y emociona. Las paredes escarpadas, las brumas que ascienden, las laderas frondosas, las pequeñas albercas excavadas en la capa de arcilla impermeable, componen un mural de gran belleza. Observarlo es retroceder en el tiempo para rememorar como los bimbapes se acercaban reverencialmente hasta aquí para retirar el agua vivificadora.

El actual garoé se encuentra en un semicírculo excavado en el interior de un torrente, lo que facilita que funcione a modo de embudo, concentrando las brumas sobre su follaje. En sus hojas se produce la condensación de la niebla en pequeñas gotas de agua, que van cayendo al suelo en modo de lluvia ininterrumpida. Esta agua atraviesa una capa de lavas permeables para depositarse finalmente en las albercas excavadas en un estrato de arcillas impermeables, donde se acumula hasta que es extraída para su consumo. Detrás del prodigio se oculta, por tanto, una serie de principios físicos, edafológicos y botánicas, fáciles hoy de comprender, pero que maravillaron a los antiguos por su lluvia prodigiosa, ya que, donde no había agua, el garoé la fabricaba desde la nada.

Cuenta una vieja leyenda que los aborígenes guardaban celosamente su secreto. Así, cuando los primeros conquistadores comenzaron a arribar a sus costas, nada le dijeron de su existencia, quejándose de la severa y constante penuria de agua que padecían. Así, desmotivaban a los europeos, que – pensaban – no les interesaría un lugar tan riguroso. Pero el amor desbarató sus planes. Una joven bimbape, Agarfa, se enamoró de un joven soldado andaluz, al que terminaría desvelándole el secreto de garoé. Esa traición descubrió el punto de suministro de agua que los europeos precisaban para sus primeras incursiones. Así, pronto conquistaron las islas y su mencey Armiche, junto a sus principales, fue capturado y encerrado.

Y entre leyendas y brumas decidimos abandonar el lugar del garoeé, el árbol que fue santo para los bimbapes del ayer, el árbol que continúa venerado en popular santidad para los herreños de hoy.

 

Manuel Pimentel Siles

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