La versión de su navegador no está debidamente actualizada. Le recomendamos actualizarla a la versión más reciente.

CANTABRIA INFINITA

Publicado 08/11/2018

ONTAÑÓN Y PIMENTEL EN CUEVA AURIAONTAÑÓN Y PIMENTEL EN CUEVA AURIA

El deseo de trascendencia es la motivación más poderosa para los hombres y las mujeres de todas las épocas. Sin embargo, muy pocos la consiguen. Hace muchos miles de años, unos artistas anónimos plasmaron su visión del mundo en las paredes de las cuevas cántabras. No lo sabían, pero ganaban con ello la ansiada trascendencia. Hoy, en pleno siglo XXI, seguimos admirándolas como una de las muestras de arte más sublimes de toda la historia de la humanidad.

“Cantabria infinita” leemos en el cartel promocional a las puertas de la región de la montaña. Nos parece un logo sugerente en busca de turismo y de autoestima, con esencia de dilema metafísico. Pero más allá de su afán publicitario, infinita Cantabria es, tiene razón el aserto. ¿Y por qué? ¿Por qué podemos afirmar con rotundidad ontológica esa trascendencia a lo largo del tiempo? Pues por una única razón, por su arte rupestre. Cantabria es una región hermosa, de gentes hospitalarias y pueblos de piedra y madera que abrazan a la montaña y que miran al mar. Pero ni sus paisajes ni sus casonas la elevan a la condición de única, de eterna, de infinita. El patrimonio más singular, más rico, más excepcional son sus pinturas rupestres. Altamira, Covalanas, El Castillo, la Garma, la Pasiega son algunas de sus cavernas más conocidas, situadas todas ellas en la cúspide del arte paleolítico mundial. Ninguna otra región española posee un patrimonio parietal tan rico, comparable, tan sólo, a las grandes francesas. Por eso, Cantabria, al menos en lo que a arte paleolítico se refiere, es infinita y, para nosotros, parada obligada.

Así cada año peregrinamos hasta sus cavidades para asombrarnos, una vez más, de sus pinturas, de sus grabados, del grito de eternidad que suponen los casi 30.000 años de extensión de sus pinturas, desde una antigüedad superior a los 40.000 años hasta los 12.000 del auriñaciense final. Treinta mil años durante los que los artistas dejaron en sus cavernas la impronta de su talento y de sus creencias, respetando el arte de los antiguos, objeto de veneración, sin duda alguna. Océanos de tiempos separan a unas pinturas de otras y a nosotros de aquellos remotos artistas, una inmensidad que los sumerge en las tinieblas del recuerdo. Nuestra dimensión temporal no asimila con facilidad distancias temporales tan vastas. Si los romanos a los iberos de hace dos mil años nos parecen lejanos… qué decir de los pintores de hace cuarenta mil. Sin embargo, ahí estuvieron, legándonos el tesoro inconmensurable de su arte y de su talento.

El descubrimiento del primer arte rupestre conmocionó a la sociedad del momento y tuvo lugar en Cantabria. Y mira por dónde, a la primera fue la vencida. El conjunto de Altamira es el mejor de los descubiertos hasta ahora, al menos en España. La ciencia reaccionó con desconfianza, primero, y asombro, después, ante aquel sorprendente e inesperado descubrimiento. La existencia de artistas con miles de años antigüedad trituraba las nuevas ideas evolucionistas, que postulaban el paulatino paso del mono al hombre, al tiempo que enterraba los principios creacionistas consagrados en la biblia. A ninguna de las partes le venía bien el descubrimiento de pinturas tan antiguas y perfectas, pero las pinturas estaban ahí como epifanía que una humanidad pretérita que reclamaba su protagonismo en la historia.

Desde que en 1859 Charles Darwin provocara un auténtico terremoto con la publicación de El origen de las especies, los científicos y los prelados de la Iglesia mantuvieron una viva discusión que sacudió a la opinión pública, a la fe y a la visión de los europeos cultos. ¿Cómo era eso de qué descendíamos del mono? ¿Y qué hacíamos entonces con la Biblia? Y en estas estaban cuando un desconocido de Santander, Marcelino Sanz de Suatuola, postula que los hombres de la prehistoria eran capaces de dibujar y de hacerlo muy bien, además. No le creyeron, Altamira era demasiado hermosa para que pudiera haber sido ejecutada por las bestias del pasado. Unos y otros se rasgaron las vestiduras. Y, encima, las pinturas aparecían en una cueva española, alejada de los montes franceses, cuna de las ciencias de la prehistoria. No, no podía ser verdad. Denunciaron que se trataba de un fraude y se quedaron tan tranquilos. 

Sautuola publicó, en 1880, Breve apuntes sobre algunos objetos prehistóricos de la provincia de Santander. Y, casi sin ser consciente de la revolución que sus ideas suponían, afirmó que aquellas pinturas eran arte y arte del paleolítico, además. Su clarividencia sería confirmada tras su muerte y el propio Cartailhac hubo de retractarse y pedir excusas en su célebre artículo Mea Culpa. Altamira quedó desde entonces consagrada como la primera caverna con pinturas rupestres descubierta, lo que abrió a Cantabria las puertas de la eternidad.Después vendrían otras muchas cuevas a conformar el excepcional patrimonio paleolítico que nos asombra y nos enamora. Cantabria es infinita, sí, pero por sus pinturas rupestres.

Manuel Pimentel Siles

Directiva de cookies

Este sitio utiliza cookies para el almacenamiento de información en su equipo.

¿Lo acepta?